Por: Evelyn Leyva, periodista

La decisión del presidente Donald Trump de recrudecer unilateralmente el bloqueo contra Cuba mediante una orden ejecutiva desató una reacción crítica coordinada a escala mundial, evidencia del profundo aislamiento diplomático de esta política.
La primera grieta provino del propio territorio norteamericano. Una coalición de importantes personalidades estadounidenses hizo pública una carta abierta donde exigen a Trump “el cese de su agresividad contra Cuba”.
La misiva expone que: “tratar de someter hoy a un pueblo por hambre es una forma de terrorismo”. Este pronunciamiento socava el relato oficial de una medida de seguridad nacional.
Desde Moscú, la respuesta fue rápida y de alto nivel. El canciller Serguéi Lavrov, en un mensaje oficial, denunció las “posturas neocoloniales” de Washington y acusó a EE.UU. de aplicar “medidas coercitivas unilaterales” contra Cuba y Venezuela y reafirmó el principio de autodeterminación: “solo los países caribeños pueden elegir su destino”.
El embajador ruso en La Habana, Víctor Koronelli, añadió en declaraciones a TASS que la “estrategia de máxima presión” tiene un “solo objetivo: sofocarla económicamente”.
La resistencia se organizó en el plano partidista. En Montevideo se difundió una declaración conjunta firmada por 86 partidos comunistas, revolucionarios y de izquierda de los cinco continentes.
El documento, suscrito por formaciones desde el Partido Comunista de los Estados Unidos hasta el de China, califica la orden de Trump de “pretexto a partir de mentiras” y la define como “la mayor amenaza a la paz mundial”. Su conclusión, amplificada por medios uruguayos, es unívoca: “¡Cuba no está sola! ¡Cuba vencerá!”.
La ofensiva diplomática cubana llevó el caso al corazón del BRICS. En la primera reunión de Sherpas del bloque en Nueva Delhi, el embajador Juan Carlos Marsán denunció la “ilegal medida” que bloquea el suministro de petróleo.
Marsán catalogó la acción de “criminal” y alertó que expertos equiparan sus efectos potenciales con el genocidio en Gaza, convocando una condena internacional unánime.
La simultaneidad y el calibre de estas reacciones, desde la sociedad civil norteamericana hasta las cancillerías y las internacionales partidistas, dibujan un panorama claro.
La última escalada de la administración Trump no aisla a Cuba, sino que consolida un frente de rechazo global.
La política de máxima presión es percibida, en capitales del mundo, como una práctica anacrónica y desestabilizadora que viola el derecho internacional y la soberanía de los pueblos.
Fuente: Despachos múltiples de la Agencia de Noticias Prensa Latina.