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24 de febrero de 1895: Cuando la libertad no pudo esperar más

Por: Evelyn Leyva, periodista

Aquel domingo amaneció con olor a pólvora y carnaval. Mientras en La Habana las máscaras y comparsas ocupaban las calles, en las serranías orientales un grupo de hombres decidió que era hora de dejar de fingir. La Guerra Necesaria comenzaba.

Todo empezó semanas antes, en Nueva York. El 29 de enero, José Martí ,el delegado del Partido Revolucionario Cubano, estampó su firma junto a la de Enrique Collazo y José María Rodríguez. Era la orden de alzamiento. El documento viajó dentro de un tabaco. Juan Gualberto Gómez lo recibió en La Habana y supo que había llegado el momento.

La fecha elegida fue el 24 de febrero. Primer día de carnaval. Nadie notaría a los conspiradores moviéndose entre la multitud.

En Alto Songo, el Mayor General Guillermo Moncada ,»Guillermón» se alzó al frente de sus hombres. Cerca de Manzanillo, Bartolomé Masó hizo lo propio. En su finca Colmenar de Bayate, desplegó la bandera de la estrella solitaria y la dejó ondeando al viento.

Pero fue en Guantánamo donde aquel día escribió su página más brillante. Pedro Agustín Pérez, «Periquito», había recibido instrucciones precisas de Antonio Maceo: había que tomar los fuertes costeros para asegurar futuros desembarcos.

En la mañana del 24, un joven llamado Enrique Tudela y doce patriotas más se lanzaron contra el fuerte español de San Nicolás, en Morrillo Chico. No eran soldados profesionales. Eran hombres con machetes y decisión. Cuando el polvo se disipó, dos soldados españoles yacían muertos, tres estaban heridos y uno había sido hecho prisionero. El fuerte, las armas y las municiones eran de Cuba. Era la primera y única victoria militar de aquella jornada.

Ese mismo día, en la finca La Confianza, propiedad de Luciano Peguero, los alzados no solo se concentraron, sino que dejaron constancia escrita de su gesta.

A instancias de Emilio Giró Odio, firmaron un acta que explicaba por qué se habían levantado. Fue el único documento de su tipo en toda Cuba aquel 24 de febrero. Tiguabos, Baitiquirí, el ingenio Santa Cecilia, El Yarey, San Andrés del Vínculo, en cada rincón de Guantánamo, la tierra temblaba bajo los pies de los insurrectos.

No todo fue éxito. En La Habana y Matanzas, las autoridades españolas habían olido la pólvora antes de tiempo. Suspender las garantías constitucionales, allanar casas, detener cabecillas. Julio Sanguily cayó preso antes de poder alzar su mando. Juan Gualberto Gómez logró escapar de la capital, pero pocos días después también fue capturado. Occidente tendría que esperar.

Cuando aquel 24 de febrero terminó, la insurrección no había logrado extenderse por todo el país. Pero en Oriente, la llama ya era incontenible. Un puñado de veteranos del 68 y jóvenes sin experiencia habían demostrado que la unidad era posible. Que Martí tenía razón. La Guerra Necesaria había comenzado. No importaba cuánto duraría ni cuánto costaría. Lo importante era que, después de tantos años de espera, Cuba volvía a levantarse.

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